Los registros del invierno meteorológico muestran la menor nevada desde 1985 en Ushuaia. El geólogo Federico Ponce advirtió que la combinación de menos acumulación y temperaturas elevadas compromete a glaciares y ambientes periglaciares.
La escasa presencia de nieve durante el último invierno en Ushuaia dejó de ser una percepción para convertirse en un dato que preocupa por sus posibles efectos ambientales. El registro de junio, julio y agosto marcó el menor nivel de nieve caída desde que comenzó a medirse esa variable, hace cuatro décadas, y se inscribe en una tendencia que los investigadores observan desde hace varios años.
En diálogo con FM Ushuaia, el geólogo e investigador del CADIC-Conicet Federico Ponce explicó que el actual invierno meteorológico, utilizado para comparar los datos climáticos, “marcó un mínimo en cantidad de nieve caída desde 1985, que es cuando la estación meteorológica comenzó a tomar este dato meteorológico”. Por eso, remarcó que “en 40 años podríamos decir que es el invierno meteorológico que menor cantidad de nieve registró”.
La situación estuvo marcada por condiciones distintas en cada mes, aunque todas desfavorables en términos de acumulación nívea. Ponce precisó que junio tuvo precipitaciones superiores a la media histórica, pero “fueron principalmente en forma de lluvia, porque la temperatura también fue anormalmente elevada”. En julio ocurrió lo contrario: hizo frío, aunque “la cantidad de precipitación caída fue mínima”; mientras que agosto combinó “temperaturas por encima de la media histórica” con precipitaciones bajas.
El resultado fue un invierno sin condiciones suficientes para que la nieve se acumulara en las montañas. Según el investigador, no se trata únicamente de una anomalía puntual: “La cantidad de nieve caída aproximadamente desde el año 2016 está disminuyendo año tras año”, con una señal más visible después de 2020.
Ese comportamiento coincide, de acuerdo con el análisis preliminar de los registros, con el aumento de las temperaturas medias anuales y también invernales en el sur de la isla. “Lo principal, a simple vista, y analizando los datos muy por arriba, es que coincide con un calentamiento atmosférico importante en el sur de Tierra del Fuego”, señaló Ponce, al vincular el proceso con cambios que también se observan en la Patagonia y a escala global.
El especialista recordó que estudios realizados sobre los glaciares de la zona registraron, desde alrededor de 2011, un incremento térmico “en torno a los 0,7 grados”, aunque estimó que esa variación podría ubicarse “entre 0,7 y 0,9 grados”.
Aclaró que todavía no es posible afirmar que habrá menos nieve de manera permanente, porque para ello se requiere una tendencia consolidada durante más tiempo. Sin embargo, sostuvo que desde 2020 las precipitaciones en forma de nieve vienen disminuyendo y que este año se superó el mínimo previo, registrado en 2022.
La menor acumulación invernal tiene consecuencias directas sobre los glaciares. Ponce graficó que “la nieve es la comida de los glaciares”, ya que su crecimiento depende de que se acumule año tras año y resista parte del verano hasta transformarse en hielo. Cuando las nevadas escasean y los veranos se vuelven más cálidos, advirtió, “estos glaciares no están teniendo casi alimentación”.
Esa falta de aporte se traduce en una reducción progresiva de superficie y volumen. “Es lo que estamos viendo, lo que estamos midiendo”, afirmó, con especial preocupación por los glaciares pequeños ubicados en las zonas más altas de las montañas. Por sus características, indicó, “son muy sensibles a estos incrementos de temperatura” y el calentamiento acelera su retroceso.
El impacto también alcanza al ambiente periglacial, donde el hielo se conserva bajo la superficie del suelo y luego alimenta arroyos y ríos de montaña al derretirse durante la primavera. Con menos nieve, se acumula menos hielo; y si las primaveras son más tempranas o cálidas, esa reserva se libera más rápidamente. “Ahora el tiempo de alimentación de estos arroyos es más breve”, resumió.
Aunque no arriesgó plazos sobre la transformación de esos ambientes, Federico Ponce describió una tendencia clara: las condiciones necesarias para conservar hielo se desplazan hacia mayores alturas. “Todo ese ambiente preglacial está migrando, se está moviendo altitudinalmente, es decir, hacia arriba”, explicó. A medida que el área disponible se reduce en las cumbres, concluyó, será necesario seguir la evolución climática y prepararse ante un ambiente que, según advirtió, “aparentemente está evolucionando, cambiando” en esa dirección.






