Si suponemos que después de la muerte no hay otra cosa que la nada, ¿por qué entonces, ese temor al morir al que pocos escapan?
En Ushuaia, el Otoño es bellísimo pues nos remite a un brillante resurgir de la vívida naturaleza de ocres, marrones y verdes opacos.

Esta mañana cuando fallecí no sentí absolutamente nada en especial, salvo que había muerto, claro está. Con eso quiero decir que no sucedió todo lo que leemos en las revistas vemos en televisión. Simplemente me morí.
Voy a tratar de ser más claro aun por si hay alguien que no me ha comprendido.
A veces lo sencillo resulta complicado, sobre todo cuando ya le hemos infundido el carácter de difícil como las matemáticas que tan sólo es sumar, restar, dividir, multiplicar y estafar apenas el otro se distrae.
Ayer, al acostarme, hice exactamente lo mismo que vengo cumplo hace por lo menos veinte años: avanzar en un capítulo de una novela de moda para después poder comentarla en la oficina en donde pocos leen libros pues no tienen tiempo salvo para las redes sociales.
Casi siempre me quedo dormido con la luz encendida. Toda la noche fue sin ni siquiera un sobresalto ni nada por el estilo. Hasta que los vecinos de abajo se pelearon a los gritos. ¡Qué difícil es convivir cuando el reproche reemplaza a la pregunta y a una cuota de independencia!

Cuando faltaba algo así como una hora para levantarme me morí, como ya he contado recién. No crean que me di cuenta de mi muerte pues estaba dormido. Sería ridículo que si no reparamos en nada mientras dormimos nos anoticiemos de que nos morimos. Lo uno sin lo otro no es posible salvo en la mente audaz de los escritores que no hacen otra cosa que inventar y así ganar dinero; son como los funcionarios que siempre están inventando historias para explicar todo como si el resto no nos diéramos cuenta o nos olvidáramos de sus promesas electorales cuando hay que elegirlos.
De otros podríamos decir otro tanto.
Recién cuando sonó el despertador me di cuenta de la nueva situación en que me encontraba. Al principio me sentí un poco molesto pues, nunca fue de mi agrado que sucedan cosas sin haberlas previsto de antemano; pero pronto tuve que resignarme a estar muerto ya que no me quedaba otra alternativa.
No se imaginan la cara de Vanesa, mi mujer, una vez convencida que con zamarrearme no iba a lograr despertarme. ¡Qué lindo verbo es zamarrear! Comenzó a gritar, primero despacito y después cada vez más fuerte. ¿Qué habrán pensado los vecinos de abajo? Me gustó como gritó. Fue un grito lindo o, más bien, fue un grito justo que, al mismo tiempo, parecía una pregunta y una afirmación con énfasis, esas que siempre uno duda con qué signo escribirlas. Mi jefe en el trabajo, autocráticamente siempre dice que las tildes y los signos de puntuación no son errores pues no es lo mismo equivocarse en una letra que en una coma, aunque pueda cambiar todo el sentido de la oración; allá él.

El médico, una vez en la vida, no demoró en venir y tampoco tardó en revisarme pues poca duda cabe que estoy bien muerto como es mi costumbre, ya que siempre trato de hacer las cosas lo mejor que puedo y acabarlas hasta el final, como corresponde.
Con mi muerte todos comenzaron a adaptarse a la situación: las expresiones, conversaciones en voz baja y ruidos disimulados. La casa pronto se convirtió, todo por culpa mía. Las caras de los presentes indican claramente la situación, inclusive a los que van llegando y saludan con un “¿qué tal?” por no saber bien que decir.
¡Qué distinto sería el mundo si aprendiéramos a callar cuando no tenemos nada que decir! Uno de mis cuñados me cerró los ojos –nunca falta un cuñado en una familia por honrada que ésta sea-. Supongo que lo hizo para no permitirme mirar fijo a los que de reojo me observan. ¿De dónde habrá sacado que los muertos miramos como los vivos?
Poco a poco van llegando los parientes y amigos; algunos están apurados pues tienen que ir a sus trabajos y otros están urgidos pues no queda bien reconocer que uno posee la libertad para decidir en este sentido. Los que siempre tienen algo que hacer, en definitiva, poco les importa... dejemos esto pues no es momento para enemistarse con nadie.

En tácito orden y despacito –casi con miedo a despertarme- las visitas entran al dormitorio por unos minutos, me miran y disimuladamente salen hacia el comedor, que es donde se ha instalado el campamento central.
Gran parte de mi familia tardará por lo menos un día en llegar pues, cuando se enteren de la noticia, tendrán que viajar doce horas o más. Pobres, hasta con mi muerte les causo problemas, aunque es bueno que nos encontremos de vez en cuando.
Poco a poco, lo que al principio fue un tímido zumbido, se ha convertido en un cotorreo de comentarios y cuentos que mantienen entretenidos a los concurrentes.
La espera será larga aunque mi casa queda a pocas cuadras del cementerio. Acaba de suceder lo que me temía desde un primer momento, ¡han comenzado a llegar flores y más flores de todos los tamaños y formas! Digo yo ¿si saben perfectamente que, por mi alergia, no me gustan las flores, por qué demonios me rodean de coronas y palmas? ¡Flor de susto se generalizará si comienzo a estornudar! Siempre, ante la menor duda, hay que hacer lo que hubiera hecho quien no puede decidir.
¡Qué barbaridad! ha entrado un cura repartiendo incienso para todos lados. Es una falta de respeto, es público lo que pienso de todo eso; si al menos se casaran.
Cómo me hubiera gustado ver la cara de mi jefe cuando le avisaron la razón de mi falta de hoy. No crean que lo digo por algún problema personal, sino porque tenía que pagarle una deuda por la apuesta que perdí a principios de mes. Nadie más sabe que jugamos mucho dinero con respecto al final del juicio contra el ex ministro de Economía; eso me pasa por confiar en la Justicia. Ya veré la manera de pagarle por si nos volvemos a encontrar ya que quien dijo “la mortaja no tiene bolsillos” no conocía a mi jefe.

No hay duda de que, a esta altura de los acontecimientos, la casa es una verdadera romería.
Los de la tradicional funeraria familiar, iguales en todo el mundo, realizan su trabajo silencioso y eficiente como hace décadas.
Mi tranquila vida se ha alterado con mi muerte: amigos y compañeros de trabajo conversan en la cocina, parientes lejanos intercambian noticias en el comedor, niños sin distinción alguna corren por todos lados. Mi mujer y dos primas que hace años no veo rezan el rosario en mi habitación. La vecina que no me saludaba sirve café a todo el mundo, seguramente como su última venganza.
La muerte es un hecho natural que la humanidad ha convertido en una catástrofe.

Las velas siguen encendidas como recordando que muchos están vivos; las flores están por todos lados como ejemplo de que lo inútil, cuando es solemne, es cien veces más un disparate mayúsculo. Es como los políticos que en campaña siempre están sonrientes y cuando son funcionarios constantemente están serios; nunca con vergüenza.
Supongo que alguien se dio cuenta del lío que estaban haciendo los chicos pues desaparecieron todos juntos; tampoco escucho las conversaciones y las risas entrecortadas.
Los empleados de la empresa de pompas fúnebres me están encerrando. Lástima que los entierros sean pocos entretenidos. Si al menos sirvieran para algo como, por ejemplo, que en vez de lamentar a los muertos por las guerras nos ocupáramos de los vivos en tiempo de paz.
Comenzó a nevar.
NOTA: Alejando Rojo Vivot es escritor.






