El mito de unir Ushuaia -Alaska en un gran Torino

El diario la Nación publicó una extensa nota narrando la historia de Raúl Tomás Boetsch, un médico anestesiólogo, santafesino que unió Ushuaia y Alaska conduciendo su Torino GR 1980 en varias etapas a lo largo de siete años.

En la publicación del diario de tirada nacional Boetsch con que “Llegué al puente colgante de Santa Fe después de recorrer 75 mil kilómetros y de atravesar todos los países continentales de las tres Américas, excepto El Salvador. Lo hice en 16 etapas, en 400 días y a lo largo de siete años”, detalla Raúl Tomás Boetsch, que tiene 58 años, es santafesino (aunque nació en Córdoba) y trabaja como médico anestesiólogo. Entonces explica orgulloso: “Mi Torino GR de 1980 me llevó desde Ushuaia hasta Alaska, ida y vuelta”. Y, con el único objetivo de convencer a quienes creen lo contrario, asegura: “Se puede”.

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Foto Diario La Nación. Torino en Dawson City, Canadá. (RTB)

El médico explicó los detalles de cómo emprendió el viaje que unió todo el continente americano, de extremo a extremo, a bordo del mítico auto de fabricación nacional. Le contó a La Nación que “En 2003, cuando pude darme el lujo de comprarme un auto dominguero. Es de 1980, igual al último que había tenido mi papá. Estaba tan bien conservado y con tan poquito uso que fue seleccionado para la conmemoración de los 50años de la Fábrica Santa Isabel. Se hizo una caravana y participé junto a él”, celebra Raúl y trae a colación una reflexión de entonces: “Era lindo asistir a las exhibiciones, ¡pero yo quería usarlo!”.


Así fue como, en la Semana Santa de 2009, Raúl llevó su Torino al extremo Sur del continente: desde Santa Fe hasta la Bahía Lapataia, punto final de la RN 3. “Desde ahí me propuse llevarlo hasta el otro extremo, la Bahía Prudohe, en Alaska. Y el 9 de Julio de 2012, con un grupo de amigos, agité la celeste y blanca a orillas del Ártico. Fue después de ocho etapas de viaje, de entre tres y cuatro semanas cada una”, cuenta Boetsch, que en la puerta del auto había ploteado el nombre de la veterinaria de su hermana, en agradecimiento por los 200 pesos que ella le había regalado para lanzarse a la aventura.

Luego explicó: “Mi situación familiar y laboral no me permitía hacer un viaje sin interrupciones. No soy millonario, ni mucho menos. Así que, cuando tenía que volver a trabajar, dejaba el Toro guardado en algún lugar del mundo. Es que sabía que siempre me esperaba para continuar. A veces lo dejaba en casas de conocidos, de amigos, de pacientes –como en Isla Margarita (Venezuela)– o simplemente de gente solidaria… Como en Playa del Carmen (México), donde un día antes de volar no tenía dónde estacionarlo, hasta que una uruguaya me contactó por Facebook y me dijo que me prestaba su cochera con la promesa de que a la vuelta le llevara yerba”.