La presidenta del Superior Tribunal propuso evaluar conocimientos, experiencia y capacidad para dirigir equipos al seleccionar magistrados. También reflexionó sobre la distancia entre la Justicia y la comunidad, la ética judicial y la necesidad de revisar prácticas arraigadas.
La discusión sobre cómo seleccionar jueces en Tierra del Fuego abrió, para la doctora María del Carmen Battaini, una pregunta más amplia: qué capacidades necesita hoy quien administra justicia. La presidenta del Superior Tribunal de Justicia vinculó la formación técnica con la experiencia, la conducción de equipos y la aptitud para comprender a la sociedad en la que cada magistrado trabaja.
En una extensa entrevista con FM Ushuaia, Battaini explicó que el Superior Tribunal elaboró una propuesta para trabajar con el Consejo de la Magistratura sobre los criterios de selección. La iniciativa coincide con la reunión en Ushuaia de FOFECMA, el foro que agrupa a los consejos de distintas jurisdicciones. Según señaló, el intercambio permite conocer experiencias, evaluar sus resultados y considerar nuevas metodologías, aunque la eventual modificación del reglamento corresponde al Consejo como órgano autónomo.
La jueza evitó anticipar plazos o dar por aprobado el proyecto. Precisó que el Tribunal presentó “una propuesta, un proyecto, para trabajar conjuntamente” y que el Consejo evaluará “las posibilidades de consensuar o traer a la mesa de estudio un reglamento” con aspectos diferenciados y formas de evaluación acordes con cada uno. El propósito, sostuvo, es avanzar hacia evaluaciones “objetivas, pero también de perfil y obviamente no solamente académicas sino también de oficio”.
Su planteo parte de reconocer que la función judicial cambió y que los criterios utilizados durante años también deben someterse a revisión. Después de recordar que concursó hace casi 24 años, Battaini observó que “uno tiene que a veces dejar de lado lo que piensa, que son certezas, para evaluar nuevas posibilidades”. Esa disposición, agregó, alcanza a todas las funciones públicas: “La revisión es para todos”, postuló, porque quienes las ejercen deben ponerse “a la par de la realidad, a la par de los acontecimientos, de lo que vivimos en nuestras sociedades. Nosotros somos un servicio para la comunidad”.
En la selección, consideró necesario que la evaluación técnica esté vinculada con la especialidad del cargo. Un jurado con conocimiento de la materia, explicó, puede contribuir “a mayor transparencia en la evaluación de ese ítem técnico”. A ello sumó la trayectoria académica y la experiencia de trabajo. Como ejemplo mencionó la justicia penal juvenil: “Es un tema que necesita una especialidad”, sostuvo, antes de señalar que la preparación de un postulante debe corresponderse con la función que aspira a desempeñar.
Pero incluso esa preparación puede resultar insuficiente si no se examina cómo actuará la persona frente a los problemas concretos de su juzgado. Para Battaini, un juez penal juvenil “no tiene que ser un perfil del juez que sólo habla con la sentencia”, y en cambio necesita “un perfil de un juez que sepa interactuar, que sepa escuchar, que sepa hablar, que sepa frenar” y que comprenda esa problemática. La evaluación del perfil, así entendida, no se reduce a una impresión personal: busca identificar capacidades ligadas al trabajo que deberá realizar.
También la dirección de un juzgado exige aptitudes que un examen jurídico no alcanza a medir por sí solo. La magistrada advirtió que hay personas “valiosísimas y académicamente brillantes”, pero que conducir un equipo requiere “saber de liderazgo”, comunicarse, enseñar y transmitir principios éticos. Lo sintetizó al afirmar que quien está al frente “tiene que saber que él no tiene que ser el centro, sino que tiene que incorporar a ese centro al resto”. Por eso juzgó indispensables las “competencias transversales”, entre ellas la capacidad de gestionar sin autoritarismo ni maltrato.

La dimensión humana de la función ocupó otro lugar central en su reflexión. Battaini reconoció que ningún reglamento puede garantizar por completo cómo se desempeñará alguien una vez designado. Aunque una evaluación más amplia contribuya a la transparencia, “después la persona tiene que llevar adelante su función”. En ese terreno situó la importancia de los mecanismos de control y de los valores: “A veces nos olvidamos que la base de todo son los valores”, afirmó, y llamó a ser leales a los principios que cada magistrado juró respetar.
Con 54 años de trayectoria judicial, Bataini comparó esa mirada con la imagen del juez que conoció al ingresar a tribunales. Recordó una época en la que quien ocupaba el cargo permanecía apartado incluso de su equipo: “Uno al juez no lo conocía” recordó. A su juicio, allí se confundía el ejercicio responsable de la función con una distancia innecesaria: “Lo judicial es ser serio, no solemne”. El vínculo con el periodismo, la explicación de las decisiones y el lenguaje claro formaron parte de una evolución que llevó tiempo y encontró resistencias. Pese a los avances, consideró que “todavía queda un trayecto, un gran camino por transcurrir”.
La entrevista también abordó si administrar justicia en ciudades pequeñas como Ushuaia o Río Grande exige condiciones particulares. Bataini distinguió entre los principios, que deben ser iguales en cualquier lugar, y el conocimiento del contexto. “El juez es juez, donde sea que actúe tiene que cumplir con los mismos valores, en las bases legales, allí no hay atenuantes”, señaló. Las relaciones de cercanía no pueden alterar la igualdad ante la ley: “cuando se nos designa juez, se acabaron los parientes, los amigos, los paisanos, el vecino”. Al mismo tiempo, sostuvo que cada magistrado debe comprender las realidades sociales presentes en los casos que resuelve.
Hacia el final de su análisis, María del Carmen Battaini evocó una antigua carta sobre las exigencias morales de la función judicial. La imagen que recuperó desplaza la atención de los antecedentes con los que comienza una carrera hacia la responsabilidad con que se la ejerce: al concluirla, dijo, cada juez deberá enfrentar “el dictado de la sentencia en su propia causa”. La aspiración, según expresó, es que esa sentencia “no solamente sea absolutoria, sino que nos declare dignos de la función que cumplimos”.






