Especialistas advierten que la expansión urbana desordenada, la presión sobre entornos naturales y la falta de planificación estratégica generan tensiones en la identidad local, desequilibrios en la oferta y riesgos para el principal atractivo del destino.
El desarrollo reciente de Ushuaia, su identidad como destino turístico y la ausencia de un modelo urbano definido volvieron a instalarse en el debate público, en un contexto atravesado por el avance inmobiliario, la ocupación de áreas naturales y la falta de una planificación sostenida. En ese escenario, surgieron advertencias sobre la posibilidad de deteriorar el principal activo de la ciudad: su atractivo turístico.
En ese marco, el especialista en turismo Julio Lovece planteó una mirada crítica sobre el presente y el futuro de la ciudad. “Hemos mejorado muchísimo respecto a lo que era la Ushuaia de los años 70 y 80, hoy tenemos cosas que en esa época eran impensadas”, sostuvo en FM Ushuaia, aunque advirtió que el problema actual es otro: “Entramos en una etapa en la que debemos mirar con mucha más seriedad y con mucha más planificación hacia dónde queremos ir”.
Uno de los puntos centrales de su análisis estuvo vinculado a la falta de definición del perfil turístico. “Cuando hablamos de Ushuaia como destino turístico estamos hablando de un imaginario muy grande”, explicó, y subrayó que “nosotros no tenemos un atractivo singular como pueden ser las Cataratas o el Glaciar Perito Moreno, nosotros vendemos un imaginario, que es el fin del mundo”. En esa línea, alertó sobre una contradicción de base: “Lo peor que se puede hacer en cualquier destino turístico es no ofrecer lo que se está vendiendo”.
También puso el foco en la creciente presión sobre áreas naturales que podrían diversificar la oferta. “Nos encontramos cada vez con más alambrados en lugares que deberían estar reservados como potencial turístico por su singularidad paisajística”, señaló, y ejemplificó que en la zona de San Pablo o Yehuin “cada vez hay más casas y cada vez es más difícil acceder a la costa”.
Según explicó, esta situación responde a la falta de planificación. “Esa ausencia de control y de horizonte que diga acá sí y acá no atenta contra un potencial turístico que a la larga nos va a costar muchísimo”, afirmó, y agregó que mientras algunos circuitos están saturados, otros lugares están subexplotados y mal planificados.
El análisis incluyó además la transformación de la identidad urbana. “Ushuaia ha perdido gran parte de su identidad”, sostuvo, y remarcó que el turismo se apoya en dos pilares: “El ambiente, que es lo que vendemos, y la cultura, que es lo que fortalece la identidad”. Sin embargo, advirtió que históricamente en Ushuaia ambos aspectos han sido subestimados.
En ese contexto, cuestionó la falta de discusión pública. “Todo este proceso que otros países discutieron hace 20 o 30 años, nosotros lo estamos esquivando”, señaló, y agregó que “cada vez que intentamos hablar de estos temas es como esconder la basura debajo de la alfombra”.
Uno de los aspectos más críticos de su planteo estuvo vinculado a la expansión edilicia. “Yo creo que en gran medida no es compatible con el imaginario que vendemos”, afirmó, y fue aún más contundente: “Si hubiera una varita mágica, el 60 o 70% de los edificios del centro los haría desaparecer”.
En ese sentido, cuestionó el modelo actual de crecimiento. “Estamos viendo cómo nuestros edificios históricos van desapareciendo y son reemplazados por construcciones idénticas a las de cualquier ciudad del mundo”, sostuvo, y advirtió que “la gente no espera encontrar en el fin del mundo lo mismo que tiene a la vuelta de su casa”.
A pesar de ello, reconoció que la expansión es inevitable. “La ciudad tiene que crecer, no se trata de impedirlo”, aclaró, aunque planteó la necesidad de orientar ese proceso. “Si vamos a crecer para arriba, deberíamos hacerlo con una identidad fueguina, rescatando algo de nuestro pasado”, indicó.
Otro eje abordado fue el rol del Estado en la planificación y preservación del patrimonio. “Los lugares a los que menos importancia le dan las políticas estatales son justamente los que deberían fortalecerse”, afirmó, y puso como ejemplo el rol de espacios culturales. “Uno debería preguntarse si el Museo del Fin del Mundo tiene el presupuesto que debería tener como un punto clave del turismo”, señaló.
En relación al acceso a los atractivos naturales, también abrió el debate sobre su regulación. “No me gustaría que Tierra del Fuego se transforme en un lugar donde cada vez que vas a un atractivo te encuentres con un molinete”, afirmó, aunque reconoció que “si esa es la solución para preservar el lugar, se puede discutir”.
En esa línea, destacó que el problema no es el cobro en sí, sino la gestión. “A cualquier lugar emblemático que vas tenés que pagar para ingresar y eso no lo veo mal”, sostuvo, pero advirtió sobre el rol del sector privado. “El privado tiene una tendencia a meter gente y no pensar en la capacidad de carga”, señaló.
Finalmente, insistió en la necesidad de ordenar el crecimiento del turismo. “Deberíamos tratar de regular los flujos turísticos y abrir alternativas”, afirmó, y describió situaciones actuales: “Cuando llegás a bahía Lapataia te encontrás con un conglomerado que no tiene ni dónde estacionar”.
También apuntó a la falta de conciencia social en el uso de los espacios naturales. “Hay parte de la población que no entiende para qué están esos senderos”, sostuvo, y cuestionó conductas que afectan el entorno. “No están para ir con cuatriciclos, con perros o con parlantes a todo volumen”, ejemplificó.
Lovece trazó así un diagnóstico que articula turismo, urbanismo, ambiente e identidad, y advirtió que, sin planificación y sin un debate profundo sobre el modelo de desarrollo, Ushuaia corre el riesgo de deteriorar su principal atractivo. “Lo peor que podemos hacer es no dar esta discusión”, planteó, al insistir en que el crecimiento sin un rumbo claro puede comprometer a futuro el posicionamiento de la ciudad como destino turístico.






